jueves, febrero 10, 2011

Los herejes del nuevo milenio I



De la definición procedente del Diccionario de la Lengua Española:

Herejía:

1. f. Error en materia de fe, sostenido con pertinacia.

2. f. Sentencia errónea contra los principios ciertos de una ciencia o arte.

3. f. Disparate, acción desacertada.

4. f. Palabra gravemente injuriosa contra uno.

5. f. Daño o tormento grandes infligidos injustamente a una persona o animal.



Aunque quizás habría que acudir a una definición más ajustada del término, como la que he encontrado en Catholic.net:

Herejía: es una doctrina que se opone inmediata, directa y contradictoriamente a la verdad revelada por Dios y propuesta auténticamente como tal por la Iglesia.

En Wikipedia tenemos un listado extenso de las principales herejías.

Desde la mitad del siglo XX hasta los tiempos en que vivimos se ha dado una progresiva secularización de nuestra sociedad. En España se ha dado una circunstancia especialísima, por la cual muchos han asociado a la religión católica con los tiempos de la férrea dictadura franquista. La especial simbiosis entre Iglesia y Estado que tuvo lugar en aquella época se quebró con la declaración de aconfesionalidad del Estado que recoge la Constitución del 78.

Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones
Constitución Española, art. 16.3

Por tanto, hoy en día no tendría sentido ya hablar de herejías puesto que nuestro sistema de valores se ha desvinculado tanto del sentido sagrado de las cosas que las desviaciones de la doctrina de la Iglesia ya parecen un juego de niños. Vivimos en una herejía, al menos desde el punto de vista de un hombre del medievo. Y yo diría aún más, el sistema de principios y valores éticos no dependientes de la doctrina cristiana en que nos hemos sumergido podría asimilarse a un nuevo paganismo, una forma de vivir que reniega del Cristocentrismo de tiempos pasados. No diré si es mejor o peor. Por mi parte creo que yo siempre estaré del lado de los excluidos, ya sea cristianismo o paganismo.


Mi teoría (y la de muchos otros) es que el paganismo nunca murió. Sus raíces son tan fuertes que tanto en la Europa Occidental, cristiana y latina, como en la America postcolombina, han permanecido vivas, sincretizadas, mezcladas, esperando tiempos mejores en los que prosperar.


Daré dos ejemplos al azar:

- España: las fiestas de las Marzas y San Juan. en las que se celebra la llegada de la primavera.

- Hispanoamérica: el candomblé que, como ya se describe en el artículo de Wikipedia:

los negros para poder rendir culto a sus Orixás, Inquices y Voduns usaban como camuflaje altares con imágenes de santos católicos

Los antiguos ritos están con nosotros, sólo que con una leve pátina de catolicismo. Cuando, en un viaje, nos acojamos a San Cristóbal, patrón de los conductores, o llevemos a bendecir a nuestro perro por la intercesión de San Antón, nos deberemos preguntar si realmente no estamos practicando idolatría y atribuyendo un carácter divino a representaciones de seres humanos que hicieron obras de santidad pero que no pueden estar al mismo nivel que Dios. En Bizancio, el heredero legítimo del Imperio Romano de Oriente, los iconoclastas del siglo VIII creyeron que era herejía esa adoración de iconos, que no representaba la corriente ortodoxa de la fe. Algo que también ciertos protestantes niegan en la actualidad: la adoración de los santos.


Estas discusiones de otros tiempos, basadas casi siempre en matices muy sutiles, tienen su eco en expresiones modernas como "se armó la de Dios es Cristo". Primer Concilio de Nicea, año 325. El arrianismo estaba amenazando la ortodoxia cristiana, avalado por la fuerza militar creciente de las tribus godas. En este Concilio surge como triunfadora la rama de la Iglesia que ahora se considera Católica y Romana. Si tú te consideras católico has de saber que eres atanasiano, pudiendo haber sido arriano. Allí se determinaron los contenidos doctrinarios que todo buen cristiano debía aprender y respetar. El obispo Atanasio venció y Arriano fue exiliado. Primera prueba de fuego para una religión que empezaba a coger conciencia de su propio poder y que, no hacía muchos años, había sufrido persecuciones y martirios sin igual, con Diocleciano.


Decenas de herejías tuvieron lugar desde aquel momento, algunas de las cuales se convirtieron en religiones de pleno derecho. La Reforma Protestante fue una herejía que triunfó. Muchas de estas variaciones en el pensamiento cristiano, si no todas, tenían la bien intencionada idea de reformar la Iglesia desde dentro, apelando a los valores perdidos del cristianismo primitivo.


La Reforma fue un intento de purificación de un sistema corrupto en el cual la jerarquía eclesial se equiparaba al poder de los señores feudales, especialmente en el Sacro Imperio Romano Germánico. Multitud de principados-obispados, como el de Paderborn, ciudad que visité hace dos años y que conserva el espíritu religioso que tuvo en la Edad Media, eran gobernados por hombres de fe con mano de hierro. ¿Quiso Jesús que los descendientes de Pedro se convirtiesen en Poncios Pilatos, pastores espirituales de un rebaño y gobernadores mundanos de un territorio en la misma persona? ¿Quiso Jesús que el Papa y los altos cargos de la Iglesia atesorasen riquezas sin cuento para mayor gloria de Dios?


Sin embargo, ya había habido otros intentos de reforma de la Iglesia Católica tiempo atrás, de las cuales las más famosas son las herejías cátara y la valdense, ambas de origen galo y de las cuales se podría hablar largo y tendido. La Iglesia, una vez más a remolque de los acontecimientos, tuvo que reaccionar y se crearon las Ordenes Mendicantes, de las cuales las más famosas fueron la de los Franciscanos y los Agustinos. El pueblo llano pedía humildad y pobreza y eso fue lo que recibió.


Podemos hablar también de otras herejías, más graves tal vez porque en este caso se trata de cuestionar el mismo centro de poder, la Sede Episcopal Romana. Hablamos del Cisma de Occidente (1378), fenómeno poco conocido pero que supuso un verdadero trauma para la Europa de aquella época. La historia es larga y para eso ya está Wikipedia. Sólo diré que la institución del Papado es un recuerdo y una reliquia de los viejos tiempos de la Roma imperial, en los cuales nunca faltaba un usurpador o varios, siempre con algún tipo de articulación o argumentación más o menos elaborada que le permitiese desafiar al legítimo candidato.


En este caso, había un precedente, el de los papas de Avignon, sometidos al rey francés del momento. La sede se había trasladado a Avignon después del incidente llamado "El ultraje de Anagni", por el cual Felipe el Hermoso de Francia, nuestro queridísimo verdugo de la Orden Templaria (cruzados convertidos en herejes por decreto real), se presentó en Roma y capturó a Bonifacio VIII, otro personaje que era como para echar de comer aparte. El nuevo Papa fue Clemente V y, como no, era francés. Siendo, como era, un monigote en manos de Felipe el Hermoso y dado que en Roma ya no se podía habitar, debido a las luchas internas entre güelfos (Welfen) y gibelinos (Weiblingen), dos bandos que representaban respectivamente el poder episcopal y ultraterreno del Papa, y el mundano y terrenal del Emperador del Sacro Imperio, declinante por aquella época, decidió trasladarse a Avignon, donde estaría más como en casa.


Pasaría casi todo el siglo XIV y seis Papas más que habitarían la nueva sede. Pero antes de terminar el siglo Gregorio XI decidió volver a Roma y murió allí. El Cisma no es sino la lucha por devolver al nuevo Papa a su sede tradicional de Roma y desquitarse la influencia francesa de una vez por todas. Toda Europa fue movilizada, dándose como resultado que unos reinos apoyaron a Clemente y otros a Urbano, candidatos avignonista y romano, respectivamente. En España tenemos el recuerdo del descendiente de Clemente VII, Benedicto XIII, el Papa Luna, que residió en Peñíscola, sede antipápica por unos años.



Un fragmento de una carta de Francesco Petrarca, el gran humanista, relata la inmoralidad y el derroche de la sede de Avignon:

...Ahora estoy viviendo en Francia, en la Babilonia de Occidente. El sol en sus viajes no ve nada más horrible que este lugar sobre las playas del salvaje Ródano, que sugiere las corrientes infernales de Cocito y Aqueronte. Aquí reinan los sucesores de los pobres pescadores de Galilea; extrañamente han olvidado su origen. Me asombra, cuando recuerdo a sus predecesores, ver a estos hombres cargados de oro y vestidos de púrpura, presumiendo de los despojos de príncipes y naciones; ver palacios lujosos y alturas coronadas con fortificaciones, en lugar de un barco volcado como refugio.


Ya no encontramos las redes sencillas que se usaban en el pasado para ganar un sustento frugal en el lago de Galilea, y con el cual, habiendo trabajado toda la noche sin coger nada, tomaban, al amanecer, una multitud de peces, en nombre de Jesús. Uno se queda estupefacto hoy en día al oir las lenguas mentirosas, y al ver pergaminos sin valor convertidos, con un sello de plomo, en redes que se usan, en nombre de Cristo, pero gracias a las artes de Belial, para captar a multitudes de incautos cristianos. Estos peces, también, se visten y se ponen en los carbones abrasadores de la ansiedad antes de llenar la insaciable boca de sus captores.

En lugar de santa soledad encontramos un anfitrión criminal y una muchedumbre de los más infames satélites; en lugar de sobriedad, banquetes licenciosos; en lugar de peregrinajes piadosos, pereza sobrenatural y sucia; en lugar de los pies descalzos de los apóstoles, los corceles blancos como la nieve de bandoleros vuelan por delante de nosotros, adornados con oro y alimentados con oro, para ponerles pronto herraduras de oro, si el Señor no observa antes este lujo servil. En resumen, parece que estemos entre los reyes de los persas o los partos, ante los cuales debemos arrojarnos al suelo y venerarlos, y a los que no se puede acercar excepto si se les ofrecen regalos. ¡Oh, vosotros, viejos descuidados y escuálidos!, ¿para esto trabajasteis? ¿Es para esto para lo que habéis sembrado los campos del Señor y los habéis regado con vuestra santa sangre? Pero dejemos el tema.


Eso, dejemos el tema, al menos de momento. Con este pequeño resumen, a la fuerza incompleto, termino esta primera parte sobre las herejías. En la segunda parte me centraré en lo que ahora, aunque no seamos plenamente conscientes de ello, se considera herético. Identificar la corriente de pensamiento dominante, que ya no tiene nada que ver con la iglesia, y sus desviaciones más o menos nefastas, a alguna de las cuales creo que me acojo, no por devoción sino por puro descarte.




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